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El mundo de las lavandas

01/04/2018

Un color. Un perfume. Un paisaje. Las lavandas son puro Mediterráneo. Nativas de los campos del sur de Europa y Medio Oriente, hoy se multiplican en jardines y terrazas en variedades y cultivares sin fin. Esta expansión del género Lavandula es todo un signo de los tiempos: estas plantas leñosas de espigas azules disfrutan de una adaptabilidad innata a las condiciones climáticas de la Península, Baleares y Canarias. 

 

 

El humilde espliego, esa Lavandula angustifolia que crece en los campos de la Provenza, pero también de Brihuega, en Guadalajara, convertida en una postal mediterránea, es la progenitora de cultivares de extraordinario rendimiento en los jardines, como el ‘Hidcote’ o el ‘Munstead’… incluso abandonando el azul pastel de sus flores para adoptar tonos morados, un rosa pálido o un blanco inmaculado.

Y cómo seguir llamando tomillo borriquero o cap d’ase (cabeza de asno) a esa Lavandula stoechas, el cantueso que crece silvestre en gran parte de la Península, Baleares e incluso Canarias, que se ha vuelto tan sofisticado: solo hay que ver las combinaciones tonales que se han obtenido jugando con el color del penacho de brácteas que corona las espigas florales. 

 

En un círculo virtuoso, la popularidad de estos subarbustos ha estimulado la labor de los obtentores, especialmente en los países anglosajones, que han conseguido cultivares que potencian las cualidades ornamentales y sensoriales de estas plantas. Y esto sin que pierdan ni un ápice de su carácter mediterráneo y su aire informal, modesto incluso, y silvestre.


Si el azul sin igual de sus espigas y su aromático follaje resultan irresistibles, su capacidad de adaptación a las condiciones climáticas y los suelos pedregosos, secos y pobres está en sus genes, como nativas del Sur de Europa, Oriente Medio y la Macaronesia (Canarias atesora cinco endemismos). De allí su omnipresencia en los jardines de bajo riego y su irrupción en la jardinería pública. Además, su riqueza en néctar las convierte en un festín para abejas y mariposas.


Qué necesitan las lavandas

A pleno sol están en la gloria, soportan el calor fuerte, necesitan poca agua, apenas requieren abono y gozan del indulto de toda clase de plagas. Según la especie o el cultivar será mayor o menor su grado de tolerancia al frío, aunque este aspecto se puede relativizar plantándolas en un lugar donde estén protegidas. Eso sí, son sensibles al exceso de agua en el terreno, por lo que hay que asegurarles un sustrato suelto y bien drenado, de tipo arenoso o pedregoso. Si contiene mucha arcilla o no drena bien lo mejor es plantarlas en caballones o arriates elevados. Se deben regar cuando la tierra se haya secado. Prefieren una atmósfera seca y resisten el aire salino del mar, pero no les sienta bien la humedad ambiental (aunque mojadas por la lluvia emanan el aroma más delicioso).

Si se cultivan en tiesto es clave que cuente con una buena capa de drenaje en la base y suficientes agujeros para que el excedente de agua no se acumule. Lo ideal es usar un sustrato para plantas mediterráneas. El riego debe ser regular pero en pequeñas dosis.

  

Cuándo y cuánto se podan

Las lavandas son plantas de bajo mantenimiento que solo requieren ser podadas para conservar la forma, favorecer un follaje más frondoso y una floración más abundante, y sobre todo evitar que se vean deslucidas por la falta de hojas en la parte baja de las ramas.

“Cuanto más se podan las lavandas, mejor”, afirma el paisajista Miguel Urquijo. “En los dos o tres primeros años habría que centrarse en formar estructura de planta y no estar tan pendientes de la flor. Para que duren muchos años en buena forma —entre 12 y 15 y no entre ocho y 10 como es habitual— y no se pongan leñosas enseguida habría que recortarlas al menos dos veces al año, y si es posible tres. La primera vez hacia finales de julio, sacrificando algo de la floración; así se conseguirá densidad en la planta y una más que probable segunda floración en septiembre, de menor intensidad que la primera pero válida. El segundo recorte se hace después de esta refloración, procurando que sea no más tarde de mediados de octubre para evitar que las afecte el frío. Y por último un tercer recorte a la salida del invierno o comienzos de primavera si hubiera perdido un poco la forma o redondez”.

El recorte debe hacerse entre dos y tres dedos por debajo del tallo de la espiga floral. En todo caso, nunca más de un tercio del largo de las ramas y, en la medida de lo posible, evitando cortar en la madera vieja, la parte leñosa. Los esquejes semileñosos de la poda de verano se pueden utilizar para obtener nuevos ejemplares. Con las flores secas de las espigas es tradicional rellenar saquitos perfumados.


Usos jardineros

Los matices tonales de las espigas y el follaje —de los verdes a los grises—, y la altura y tamaño de las matas, permiten los más diversos usos jardineros. Resultan espectaculares en grandes masas lineales (incluso setos bajos), nubes e islas, de una única especie o variedad, o sacando partido de sus suaves registros cromáticos para crear armonías, o de los distintos momentos de floración de las especies para disfrutar de sus flores desde la primavera temprana al final del otoño.  

  

Fuente: verdeesvida.es 

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